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No quiero que me eduquen para trabajar.

No puedo negar el valor que tiene la educación que recibimos, pero sí merece ser analizada, a fin de identificar lo que debe cambiar. Si bien no discuto su valor, sí considero que necesita evolucionar. La principal razón que me lleva a escribir al respecto, es que encuentro en las personas mucha desconfianza y resignación. Personas que viven en un estado de permanente "cuidado", que les cuesta tomar riesgos (cuando los llegan a tomar), intentando calcular cada una de las posibilidades de fracaso y muchas veces, cayendo en la parálisis intelectual. En esa línea, empiezan a vivir una suerte de "desesperanza aprendida", convenciéndose cada vez más que cualquier intento por cambiar o mejorar, será probablemente infructuoso. No obstante, esto no los limita de la queja, la evaluación y los juicios. Luego aparecen las personas que son, quizás, más radicales, más impetuosas al intentar el cambio, más exigentes en su trato y que en el fondo, creen en un escenario más favorable y sabiendo que tienen un rol protagónico para conseguirlo.

Esta reflexión aunque puede verse agresiva, no quiere nada más que inducir al análisis de la posible causa de dicha situación. En ese sentido, pienso que la educación que recibimos es "industrializante", en tanto promueve la producción y deja muy poco lugar a la reflexión. Va en busca de fórmulas y recetas pretensiosas, sin dar cabida a la diversidad, el intercambio y la construcción a partir del diálogo.

Por ello, propongo fomentar una educación donde la pregunta valga más que la respuesta, donde el camino asfaltado no sea mejor que el "off-road"; que proponga espacios de intercambio, de experimentación; que la evaluación no represente la meta. Una educación que desarrolle a cada individuo como persona y menos como productor.


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